TODO IMPERIO PERECERÁ


Con esta frase Jean Baptiste Duroselle bautizo un libro que nos explica el proceso de nacimiento, crecimiento y muerte de una Nación poderosa, de un imperio, de una potencia; Venezuela a través de su historia no ha sido nunca un imperio y mucho menos una potencia, aun así me tomare el atrevimiento de tomar ciertos elementos de ese texto para explicar la precaria situación en la cual se encuentra el Estado venezolano hoy en día.


En la actualidad nos encontramos viviendo un proceso donde sus dirigentes políticos buscan afianzarse al poder
donde Nicolás Maduro y el resto de los altos dirigentes políticos del PSUV están dando muestra de seguir un camino totalitario, el camino por el cual ya han transitado muchos políticos en Latinoamérica y sobre todo en Venezuela desde mediados del siglo XIX hasta principios del siglo XX. Una vez iniciado el proceso democrático en el país, que fue el primero de la región, se desarrolló y arraigo en el ciudadano venezolano que los procesos electorales eran la institución democrática que se había elegido para expresar sus diferencias, tan así se arraigó el proceso que fue por esta vía que un golpista llego al poder, fue por esta vía que unos amantes de la violencia reformaron el Estado, fue por esta vía que ese “omnipotente” y todo poderoso llamado Hugo Chávez se midió una y otra vez en un proceso electoral y cuando perdió, asumió sus derrotas y cuando gano se le reconoció. Nuestra historia se encuentra inmersa en constantes procesos de cambios y reformas en las constituciones, cambios que se realizaban para adaptarla a las exigencias y peticiones de un gobernante, que quería dominar al país a través de un aparato jurídico y de una sociedad sumisa, nunca se cambiaba los problemas de fondo una sociedad mono productora (café posteriormente petróleo) con gravísimos problemas de sanidad, infraestructura y educación. El Estado y su estructura era la empresa personal del gobernante de turno.

Todo esto cambio con los sucesos de enero del 58 y los que posteriormente instauraron la democracia venezolana, por eso vale la pena decir que resulta sorprendente que hoy en día nos encontremos nuevamente viviendo los mismos problemas que ya pasamos entre 1830 y 1958. Que nos traten de doblegar nuevamente a través de la represalia, la amenaza y el empleo de la fuerza. Que se quieran pasar por listos y traten de imponer nuevamente una constitución, un proceso viciado en este caso, que nuevamente veamos una dirigencia moribunda y decadente que quiere afianzar su poder a cualquier costo, incluyendo la desagregación interna en la cual nos sumergió.

No es cualquier cosa la que sus acciones y palabras han emitido en estas últimas 72 horas, vemos como sin temor decidió como un rey sacar a Venezuela de la Organización de Estados Americanos (OEA) basado en hechos y discursos incoherentes. Vemos como ahora llama a un proceso constituyente donde busca moldar la estructura del Estado y sus instituciones a su capricho de aferrase al poder, desvirtuando el verdadero poder originario que somos los ciudadanos venezolanos, no la clase obrera que el maltrata cuando toma una decisión que perjudica más a todos y cada uno de esos obreros. Impone el las reglas del juego como si esto fuera una monarquía que por derecho de algo que no conocemos se cumplan, sin reproche. Pero eso no importa porque tanto el cómo quienes lo apoyan y detentan el poder a su lado, más pronto que tarde perecerán, porque la victoria de los venezolanos se mostrara en números y en la moralidad de la que si gozan aquellos que desean rescatar este país de las manos opresoras.


Al final como lo expreso Duroselle todo imperio perecerá, no importa que tan grande sea este, no importa con cuanto poder tangible o intangible posea en un determinado momento al final del día ese poder originario del cual se quieren burlar de manera vil y déspota, se alzara para romper las cadenas del yugo opresor y como aquel 1810 seguirá el ejemplo que Caracas dio y acabara con el tirano disfrazado de demócrata. Venezuela no se doblega y se intimida ante la voluntad de una minoría que no entiende y comprende que su momento más temprano que tarde está a punto de llegar a su fin.  

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